domingo, 26 de septiembre de 2010

¿Hasta cuando? (II)

La historia se repite y una muestra de ello es el estado en el que la propia Juanita se encuentra. Esta mujer está sola. Tomó la decisión de separarse de su marido cuando ya no podía seguir adelante con la situación que venia arrastrando desde que se casó con él. Situación que, con el paso del tiempo fue empeorando hasta hacerse insostenible. A Juanita, igual que a su madre y a su abuela, la educaron para ser la “ama de casa perfecta”. Las labores del hogar las lleva a cabo a la perfección. No realizó estudios específicos. Se casó muy joven como correspondía a su época. El futuro más óptimo al que la mujer podía aspirar era el matrimonio, estado que le proporcionaba una seguridad económica y familiar. Desde la perspectiva del tiempo pasado, Juanita piensa que quizás, o, por qué no, ciertamente, tuvo la posibilidad de estudiar, buscar un trabajo y adquirir una independencia económica de la que carecía. Pero en aquel momento debía adaptarse a las circunstancias de la época en que vivía y ser coherente con la mentalidad del momento. Su futuro era el matrimonio y le faltó valor para enfrentarse a sus padres y expresarles su deseo: “Ahora quiero estudiar. El matrimonio lo dejaremos para más adelante”
Juanita ve como pasan los años y ella sigue relegada, reduciéndose al ámbito de su hogar todo su “campo de acción”. Las tareas disminuyen a medida que sus hijos crecen. Cada vez dependen menos de ella. Juanita, cada día dispone de más tiempo libre. Tiempo que intenta llenar haciendo cosas útiles. Tomar café con las amigas o salir de compras le parece insuficiente para ocupar el tiempo del que dispone. A pesar de todo, Juanita se consideraba, como lo había hecho su madre, una mujer privilegiada. Nunca había sufrido malos tratos físicos por parte de su marido. Nunca le había pegado. Aún así, se había considerado una mujer maltratada. El sometimiento hacia su marido era tal que durante todo el tiempo que estuvo casada con él no se había considerado una mujer libre para tomar decisión alguna. No se había sentido nunca con la autosuficiencia que le permitiera poder compaginar sus tareas familiares con las laborales. Nunca fue Juanita una mujer lo suficientemente libre como para decidir su vida con el apoyo y la ayuda de su marido. Su abuela no lo había sido. Su madre tampoco. Pero lo más triste de todo es que cuatro generaciones después, su hija tampoco lo era.


En un momento determinado de su vida, Juanita se hace el planteamiento, ¿por qué no?, de continuar con los estudios que dejó sin concluir antes de casarse y, si puede, seguir realizando estudios superiores que le permitan acceder a un puesto de trabajo. Cualidades y voluntad no le faltaban, pero esta decisión que, al final realizó con mucho esfuerzo y no pocos problemas, a veces se convertía en un motivo para que en su hogar se llevaran a cabo verdaderos combates, en los que siempre era ella la que daba su brazo a torcer. La batalla campal en la que se fue convirtiendo, poco a poco la vida de Juanita y su marido le llevó a tomar la decisión de terminar con su matrimonio. La ruptura con su marido era la única opción que le quedaba a Juanita para poder llevar a cabo alguna tarea fuera del hogar que le permitiera ampliar el círculo de sus relaciones sociales. Así mismo era la única forma de poder adquirir una independencia económica mediante el ejercicio de una profesión, derecho, por otra parte, al que todo ser humano debe aspirar.
Juanita, aunque vive sola y lleva una vida independiente, se relaciona con sus hijos bastante a menudo. Todos viven fuera de casa, pero ella les dedica todo el tiempo que puede. Su vida es tranquila, pero la tristeza se refleja en sus ojos cuando recuerda el calvario que supuso el camino hasta llegar a la separación definitiva del que fue su marido. La vida de Juanita se convirtió en un infierno. Broncas, insultos, indefensión, etc. Una de las situaciones más duras que esta mujer tuvo que sufrir fue todo el proceso judicial; el hecho de contar sus intimidades delante de personas desconocidas, cuya labor consiste en decidir sobre su vida.

Además de todo este proceso, nuestra protagonista debió enfrentarse a todas las habladurías que su nueva situación conllevaba. Lo más triste de todo era que los comentarios que llegaban a sus oídos, provenían de su propia familia. Echó de menos el apoyo necesario en momentos tan decisivos y nada fáciles para nadie, con la dificultad añadida de la época en que a ella le tocó vivirlos. La primera “bofetada” que recibió fue la de su madre. Cuando Juanita le informó de su decisión, aquella le contestó: “Hoy las mujeres no aguantáis nada, ¡con lo que yo le aguanté a tu padre!”.

Fue esa frase o alguna parecida la que su madre, su querida madre le soltó cuando más ayuda necesitaba. Juanita, a pesar de todo, comprendía a su madre, a cuya educación y mentalidad no se le podían pedir más.
De pronto Juanita se da cuenta de que su pensamiento y sus recuerdos ya no pertenecen al pasado. ¿Recuerdos?. No, su pensamiento se detiene en el presente. Aquí y ahora. En el mañana. Piensa en su hija; una de sus hijas está viviendo la misma situación que ella vivió hace algunos años. El mismo calvario. Su niña, a la que Juanita, igual que al resto de sus hijos, adora, y por la que, llegado el caso, sería capaz de dar su vida. Lo que ella daría por evitarle a su querida hija el sufrimiento que está pasando. Y el que le queda por pasar. Estas situaciones parece que se eternizan.

Esta joven pertenece a una generación en la que la mujer se ha igualado al varón en una proporción muy considerable. La generación que goza de una igualdad casi impensable en otros tiempos. Igualdad legal, social, cultural, laboral, etc., que no se corresponde con la discriminación que la mujer sigue sufriendo dentro del hogar, en la propia familia. Esta generación, aunque parezca mentira, sigue padeciendo dentro de su círculo familiar la misma marginación que su madre, su abuela y su bisabuela. Algo increíble. Incomprensible.


La hija de Juanita es una mujer de hoy, con unos estudios terminados y un futuro profesional que desarrollar. En su matrimonio “todo va bien” hasta que se plantea tener un hijo. Como cualquier mujer actual, la hija de Juanita pretende compaginar su vida familiar con el desarrollo de su profesión, pero su marido no está dispuesto a poner nada de su parte. Este joven le plantea a su mujer la disyuntiva entre seguir trabajando o quedarse en casa para cuidar a los hijos que piensa tener. La joven no está dispuesta a ceder ante la imposición de su marido. Nadie puede impedir a nadie el ejercicio de sus derechos, y esta mujer está dispuesta a ejercerlos porque se considera capaz de realizarlos, siempre que pueda contar con la colaboración de la persona que esté a su lado; una persona en la que encontrar el apoyo necesario a la hora de llevar a cabo sus tareas.
Este planteamiento que, en principio parece muy extremado, desgraciadamente no es poco frecuente en la sociedad actual, en la que la mujer ha entrado a formar parte del mundo laboral de forma generalizada. Esta situación tan triste y radical que vive la joven hace que su matrimonio se vaya deteriorando hasta terminar con la vida en común de la joven pareja.
Juanita sufre; ahora sufre por la situación que vive su hija. Sufre porque con el paso del tiempo, las cosas no han cambiado como nos pudiera parecer. Esta mujer piensa, y no es la primera vez que lo hace, en la solución a este problema. En principio, la diferencia existente entre las distintas generaciones está en la posibilidad que Juanita y su hija han tenido de separarse de sus maridos, cuando sus matrimonios ya no se mantenían en pie. En cambio, su madre y su abuela no tuvieron esa posibilidad. Siguen con sus maridos hasta el final sin posibilidad de independencia alguna.
Por su parte, la generación de Juanita es la que sufre las consecuencias del cambio, cargando con las críticas que su nueva situación conlleva. Pero aunque se resuelvan de diferente forma, los problemas que sufren las cuatro generaciones son iguales, una tras otra. Problemas que cada vez se van planteando de forma más lamentable y con los resultados irremediables que todos conocemos y que, por desgracia, cada día van en aumento. Esta mujer piensa, y no cree estar equivocada, que hasta que el hombre no intervenga de una forma seria y tajante en esta cuestión, los problemas relacionados con el género y la distribución de roles, no se van a solucionar. Hasta ahora la lucha se mantiene entre el hombre y la mujer. La intervención del hombre para intentar solucionar estos problemas sería diferente. El maltratador habría de enfrentarse a otro hombre; alguien que está a su misma altura. Posiblemente la situación podría cambiar.
Todo se repite y Juanita se pregunta, ¿hasta cuándo?.

-¿Hasta cuando va a seguir la situación de desigualdad, de marginación, de alienación y de sometimiento que la mujer (mayoritariamente) está sufriendo?.
-¿Hasta cuándo la falta de apoyo hacia la mujer para que esta situación pueda cambiar?.

-¿Hasta cuándo va a continuar el problema de la desigualdad en el matrimonio en cuanto a los roles que han de desempeñar ambos cónyuges?.

-¿Hasta cuándo la falta de respeto hacia la mujer, sobre todo de las personas que tiene más cerca?.

Al fin es vencida por el cansancio y el sueño. Mientras va recostando su cabeza sobre la almohada para descansar, Juanita intenta reponer fuerzas con el descanso nocturno, pues al día siguiente debe seguir con las tareas que le aguardan. A pesar de todo, sigue preguntándose, ¿hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?.

2 comentarios:

Geraldine dijo...

Esas mismas preguntas nos la hacemos todas y más las que hemos fracasado en una matrimonio a causa del egoísmo del conyuge y ante la incomprensión de la propia familia. Las leyes están pero hasta que se implanten en la mentalidad arraigada de nuestras madres y abuelas aún queda mucho.
El machismo es malo pero es aún peor cuando viene de mujeres y si estas son tus familiares, las que tenían que apoyar y sostener el problema se convierte en doloroso.
Muy buen tema amiga.

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